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ARCAVITIVA es un refugio digital para mujeres que desean pausar, soltar y volver a sí mismas. A través de la escritura consciente, promovemos el autoconocimiento, el mindfulness y el bienestar emocional. Inspiramos a crear momentos de calma y conexión interior, guiando con palabras que invitan a sentir, explorar y transformar desde lo más profundo del ser. Aquí, escribir es también una forma de sanar.
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Hacer la cama en tres minutos
Hoy en clase, la profesora nos propuso
un ejercicio con un tema un tanto inusual: escribir un post con un título
llamativo. El suyo fue: “Cómo hacer la
cama en tres minutos”. No pude evitar reírme al leerlo. Parecía uno de esos
tips virales que prometen optimizar hasta el más mínimo detalle de la rutina.
Pero algo me hizo detenerme. ¿Realmente Cuánto
tiempo me toma a mi hacer la cama?
No tengo la respuesta exacta, pero sé
que definitivamente me lleva más de tres minutos. Y, honestamente, no me
importa. Me gusta que mi cama luzca acogedora, como un rincón preparado con
mimo, con cojines alineados, texturas suaves y colores que invitan al descanso.
Para mí, ese pequeño ritual es más que una tarea matutina. Es un gesto de amor
propio. Un momento del día que me dedico a mí misma.
En esta cultura obsesionada con la
productividad, parece que cualquier cosa que tome más de cinco minutos debe ser
cuestionada o eliminada. Vivimos atrapadas en una mentalidad donde cada segundo
debe justificar su utilidad. Donde todo tiene que hacerse rápido, con
eficiencia, como si fuéramos piezas de una maquinaria que no puede parar.
Incluso nuestro descanso tiene que rendir.
Pero, ¿qué pasa si no quiero hacer mi
cama en tres minutos? ¿Qué pasa si prefiero tomarme diez y disfrutarlo?
Cuando acomodo cada pliegue del
edredón o elijo cómo colocar los cojines, estoy decidiendo hacer de mi
habitación un santuario. No porque lo vea alguien más, sino porque ese
cuidado me nutre a mí. Me recuerda que puedo comenzar el día desde un lugar
de orden, belleza y propósito. Es mi pequeño ritual de arraigo.
Y entonces, la pregunta se vuelve más
grande: ¿Cuánto tiempo dedicamos a las cosas que nos hacen bien, que nos
reconectan con nosotras mismas?
Nos pasamos el día corriendo, apagando
fuegos, saltando de una tarea a otra. Muchas veces ni siquiera recordamos la
última vez que tomamos un café sin hacer nada más. La última vez que cocinamos
sin mirar el reloj. Que nos vestimos sin prisa. Que escribimos sin un objetivo
más que entendernos.
Nos han enseñado a valorar lo rápido,
lo útil, lo visible. Pero en ese proceso, hemos perdido el sentido de lo
simple. De lo que no necesita ser “eficiente” para ser valioso.
Hacer la cama con calma no es una
pérdida de tiempo. Es una declaración silenciosa de presencia.
Un recordatorio de que merecemos
espacios cuidados, tiempos lentos, momentos dedicados solo a nosotras.
No estoy diciendo que todo deba
hacerse lentamente. La vida tiene su ritmo, sus exigencias. Pero justamente por
eso, necesitamos crear estos pequeños refugios de lentitud dentro de la rutina.
Momentos que no respondan a la urgencia, sino a la necesidad de calma. De
pausa. De conexión.
Cuando escribo en mi journal, cuando
enciendo una vela o simplemente respiro profundo antes de empezar el día, no lo
hago para producir más. Lo hago para habitarme. Para recordarme que no soy solo lo que hago, sino cómo lo hago.
Y que en ese “cómo” hay una enorme capacidad de sanación, equilibrio y belleza.
Entonces, volviendo al inicio:
¿Cómo hacer la cama en tres minutos?
Tal vez lo importante sea que, en ese
momento, te estás eligiendo.
Te estás cuidando. Te estás diciendo,
sin palabras, que tú también importas.
Y en un mundo que empuja hacia el
rendimiento constante, eso es un acto de valentía.
Así que haz tu cama como quieras.
Tómate el café sin mirar el móvil.
Escribe sin esperar respuestas.
Y, sobre todo, vive con la calma
que tu cuerpo, tu mente y tu alma necesitan.
Porque vivir lento de forma consciente en estos tiempos, es
una forma de amor propio.
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